miércoles, 16 de diciembre de 2009

La infiltración masónica del Vaticano, según los rastafaris.

Mientras leía una biografía de Bob Marley, titulada “Catch a fire: the life of Bob Marley”, escrita por el periodista musical Timothy White, tropecé con unos párrafos que no tienen desperdicio. En ellos, White relata la visión que tienen los rastafaris sobre el vaticano y la masonería, considerando al primero completamente infiltrado por la segunda . Por más estrafalarias que nos puedan parecer las creencias rastafaris, su visión sobre la hermandad y el Vaticano es interesante desde el punto de vista, de que se trata de un culto (el rastafariano) con las mismas raíces mitológicas (judío-cristianas) que el catolicismo, pero con la diferencia de que los rastafaris buscan liberarse de un sistema político y económico, impuesto por el hombre blanco, que oprime al hombre negro, y más concretamente, al del tercer mundo, algo evidente, pero obviado por el catolicismo, y que dota al análisis social de los rastafaris de una mayor profundidad. A continuación reproducimos dichos párrafos.

(…) Los escarmentados veteranos rastas recordaban a los antiguos y ritualistas masones (en los 33 grados no desconocidos para los miembros comunes) como fieros paganos cuya fe oculta emanaba de su creencia en que Salomón extrajo sus poderes no de dios, sino de Hiram Abiff, el criminal arquitecto del Templo de Jerusalén, de quien se decía que había renunciado al favor del “Todopoderoso” a cambio del de una oscura trinidad centrada en Baal, deidad de los semitas. Ante los ojos de muchos de los rastas, era la arrogante conjura de Hiram Abiff, y no ninguno de los pecados de Salomón, lo que impulsó a dios a destruir el Templo, del mismo modo en que anteriormente echara abajo la torre de Babel erigida por masones. Y el papado (¡que osó condonar la invasión de Etiopía por Mussolini!), infestado por masones, se acabaría debido a la falta de honestidad de la logia P2. Semejantes acontecimientos modernos revelaban que el Vaticano era “el nombre oculto” o “la gran Babilonia”.

Desde 1738, durante el papado de Clemente XII (1730-40), la iglesia había tratado de erradicar la alta masonería con la publicación de edictos papales (10 entre 1821 y 1901) que ordenaba la excomunión de cualquier católico que ingresara en dicha sociedad masónica. Pero los rastas pensaban que la cúpula de la alta masonería había sobrevivido y que había corrompido a los obispos de Roma. Ante los ojos de los rastas, el hecho era que el papa Pío XII había sido inducido a volver la espalda al holocausto judío de los nazis y, después a colaborar con la CIA para ocultar nazis en Sudamérica y en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Después de la muerte, en 1963, del santificado sucesor de Pío, el papa Juan XXIII, la mitra papal pasó a manos de Pablo VI, anteriormente llamado Giovanni Montini, arzobispo de Milán. Durante su etapa como monseñor en tiempos de guerra, Montini fue uno de los cuatro líderes del departamento de inteligencia del Vaticano. Gracias a Montini, el general William Donovan, de la Oficina de Servicios Stratégicos, o la OSS (precursora de la CIA), estableció vínculos permanentes con el Vaticano.

Los rastas pensaban, por tanto, que el primer “Santo Padre” con un pasado de espionaje moderno había permitido que el trono se Pedro se convirtiera en una herramienta de la CIA y de la P2, gracias a las maniobras de Michele Sidona y a las logias secretas del Gran Maestro, Licio Gelli (en cuya caso, la policía italiana acabó encontrando la lista con los 953 masones implicados en el plan de crear un Estado dentro del Estado italiano). Una vez Roma había abandonado su autoridad moral, el dinero se había convertido en su única fuente de poder.

-¡Sí!- Exclamaban los rastas -¡el vaticano es la maldita Babilonia de los últimos días descrita en el Apocalipsis, en la que Juan Pablo I fue envenenado en 1978 cuando amenazó por revelar su iniquidad!-

(…) Bob Marley, que era un ferviente rasta, creía firmemente que el Vaticano, era Babilonia, el lugar del mundo, que con sus hechicerías, había engañado a todas las naciones. Pero, aún así, no se convirtió ni en un dogmático, ni en un demagogo. Pensaba que Roma sucumbiría a su propia corrupción y no se preocupó; apoyó la lucha por la libertad de los combatientes africanos, no a raíz de un análisis marxista o socialista que hubiera hecho, sino, más bien, porque pensaba que los africanos eran obvios merecedores de la autodeterminación, y porque pensaba que: “un día, Jah volvería a poner ese continente, la tierra prometida, en un excelso lugar en su reino.”

fuente: http://mundodesconocido.com/WordPress/?p=791#more-791

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